El
Retorno del Califato
Shaij
Abdalqadir As-Sufi

INTRODUCCIÓN
Este
breve estudio sobre la caída del Califato es una lectura de la
historia en la que se aborda la cuestión del retorno. El Califato
no sólo es algo fundamental para el Islam sino que es necesario
para fundamentar su poder. Los conceptos idealizados que determinan lo
que debe ser un Califato auténtico fueron una desviación
Shi’a con la que asegurar —dado que siempre se puede decir
que una persona determinada no es lo suficientemente buena— que
la tarea de ejercerlo jamás se llevará a cabo. De igual
manera, la pretensión árabe de que el Califato pertenece
a los Quraish carece de autoridad definitiva, siendo la prueba más
contundente en su contra el hecho histórico del gobierno Osmani.
La
Jilafa debe volver a Anatolia, corazón de la tierra islámica,
sobre todo porque fue allí donde un golpe de estado detuvo la sultanía.
Que fuera o no apropiado, su momento ya pasó. Con ese golpe se
creó el segundo interregno en el gobierno Osmani: una breve ruptura
en el gobierno islámico de apenas cien años. Sin embargo
el punto en cuestión no es la Casa de Osman, sino el retorno de
la sultanía a Estambul, corazón de la tierra islámica
y centro político del Islam en el mundo de nuestros días.
¿Qué otra ciudad puede jactarse de tener 1.200 mezquitas
desde las que se da el adhan cinco veces al día?
El
paso del tiempo ha desenmascarado al llamado movimiento salafi’.
Ahora ya puede ser visto como el instrumento del que se sirvió
el imperialismo europeo para imponer la banca basada en el interés,
la anexión territorial y la ocupación de Arabistán
por los ingleses utilizando a su favor al régimen marioneta de
los criminales beduinos de la tribu Saud. Analizados todos los sublimes
y exaltados discursos sobre madhhabs y taqlid versus iytihad y hadices,
lo que muestran es que, en términos políticos, la operación
en su conjunto significaba no sólo la destrucción del Califato
y su
integridad política sino también el final de la creencia
islámica que preconiza el poder absoluto dé Allah sobre
la existencia. Tal y como hizo notar, no sin cierta acritud, el Sultán
Abdelhamid II: “Si Muhammad Abdu es un líder de la independencia
árabe, ¿por qué no se opone a la presencia británica
en Egipto?”
Muhammad
Abdu, discípulo del dudoso personaje shi’a Yamalud-din al-Afghani,
que en realidad era iraní, está considerado como el fundador
de la moderna teoría “fundamentalista”. Fue nombrado
Gran Mufti en 1899 por Lord Cromer (miembro de la familia banquera de
los Baring), con la misión de legalizar el sistema bancario que
al-Azhar había declarado haram en 1898. Cromer había dicho
de Abdu:
“Tengo la sospecha de que mi amigo Abdu es en realidad un agnóstico”.
Y hablando sobre su movimiento salafi dijo: “Son los aliados naturales
del reformista europeo”. En El Cairo, la Caja de Ahorros Postal
fue establecida en el año 1900 y el Banco Agrícola en 1902.
(El Egipto Moderno. Gromer, Vol. 2, 1908).
Cada
una de las leyes básicas del Islam que se iban dejando a un lado,
abría las puertas a la dominación kafir, la pobreza y la
desgracia. Las muy preconizadas libertad, fraternidad e igualdad lo fueron
sólo para la fuerza de ocupación pero no para los musulmanes.
Una vez abolida la Ley de los Dhimmis sólo era ya una cuestión
de tiempo el que el ejército turco llegase a prohibir a sus soldados
hacer la oración en yama’a.
En
el Estambul de hoy en día, la policía puede ser vista a
la hora de la oración del viernes a las puertas de la Mezquita
de Sultan Ahmed pero nunca frente a la sinagoga o la catedral. La gente
del Libro siempre gozó de la protección del Islam, pero
finalmente fue a los musulmanes a quienes se les prohibió celebrar
dhikr en las tekkes. Y los suyüj sufis, guardianes de la sabiduría,
fueron silenciados, encarcelados y asesinados. La danza de los sufis Mevlevis
puede ser representada hoy como un ballet ante la reina griega (católica)
de España, mientras sigue estando prohibido para los musulmanes
practicarla como lo que es en realidad: un acto de meditación.
De la misma manera, la esclavitud debe ser comprendida bajo el punto de
vista islámico. La esclavitud es parte constante e ineludible de
la situación humana. El Islam jamás la ha abolido; tal decreto
de abolición no aparece en parte alguna. Lo cierto es que la esclavitud
forma parte importante de la Ley Islámica (una cuarta parte del
al-Muwatta habla de sus estrictas reglas). La Ley Islámica sitúa
al esclavo bajo la custodia doméstica y le asegura ropa y alimentos,
en igualdad con el dueño de la casa. Y algo aún más
importante: el Islam no considera la esclavitud una desgracia. El esclavo
puede obtener su libertad por matrimonio o por medios económicos.
Por su esencia, el esclavo trasciende los grados desde la base de la sociedad
a los puestos más elevados. Toda la élite de gobierno del
estado Osmani fueron esclavos. Desde la esposa de Suleimán el Magnífico
a la madre del sultán Abdalhamid, las poderosas, políticamente
hablando, esposas de los sultanes habían sido esclavas.
No
podemos ignorar que la esclavitud, al ser un hecho inevitable, cuando
se esquiva no hace más que metamorfosearse bajo un nombre diferente
careciendo por completo de cualquier protección legal. Su alternativa
no es la “libertad” del mismo modo que en la situación
post-dhimmi tampoco lo es la “igualdad”. El esclavo moderno
es, por supuesto, el llamado refugiado político. El refugiado está
condenado a la degradación social y al estatus que ofrecen los
campos de concentración: impotentes y permanentes ciudadanos de
ninguna parte sin patria ni estado. Vietnamitas de Hong Kong, hutus, ruandeses,
afganos, tibetanos, palestinos y las masacradas víctimas de Sabra
y Shatila. Todos ellos son parte de la esclavitud institucionalizada,
vigilada y no liberada por la Comisión de Refugiados de la ONU.
La
pretendida liberación de la mujer, lejos de liberarlas, ha sumido
a las mujeres en el caos social y sin protección alguna, víctimas
de asesinos en cadena (un fenómeno bastante nuevo), víctimas
de violadores —hoy en día la violación es una realidad
social en rápido crecimiento y convertida ya en tópico común—
o víctimas de la violencia conyugal. A lo que hay que añadir
el colapso de la institución matrimonial, unido a la aceptación
del adulterio como algo socialmente aceptable. A los niños se les
suministran medios anticonceptivos en las escuelas. El aborto —que
en el Islam no tiene legislación específica aunque sí
un rechazo basado en la costumbre— es hoy norma aprobada e incluso
alentada puesto que llega a suministrar a la industria de la belleza preparados
anti-arrugas derivados de placentas procedentes de abortos. Añádase
a esto el poder publicitario de las películas misóginas
de Hollywood, en las que las mujeres son victimas constantes de la rabia
masculina, y los resultados saltarán a la vista: el colapso social
y unas mujeres incapaces de detentar el importante poder político
que en su día llegaron a ejercer en la Umma Osmani.
Por
último, debe tenerse en cuenta que las bases sociales de la sociedad
kafir están asentadas sobre la institución de la usura,
el sistema bancario, que con sus mercados de valores y el papel moneda
carente de valor alguno, ha esclavizado al mundo entero por medio del
control ejercido por una minúscula oligarquía de criminales
aventureros: las grandes dinastías banqueras. Su hegemonía
capitalista corporativa ha destruido la ecología del planeta, ha
devastado el equilibrio social y el de toda la población. Este
sistema, lejos de traer la “igualdad”, lo que ha hecho es
garantizar, en su nombre, la opresión de las masas de todo el mundo.
La responsabilidad de liberar a la humanidad del capitalismo bancario
es la tarea del Reino Medio de la humanidad, la Umma de los pueblos musulmanes.
Turquía debe asumir su tarea islámica, tal y como hizo Ghazi
Osman, y enarbolar el estandarte plegado que espera a su héroe
en Topkapi.
El
propósito de este texto es confirmar de forma ineludible que nuestra
derrota no fue a manos de soldados, sino de usureros. No hay ejército
capaz de resistir al ejército del Islam. Pero tampoco hay usura
capaz de sobrevivir a la declaración de guerra proclamada contra
ella por Allah y Su Mensajero. Este es el mensaje del temor y la esperanza.
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