La insistente cuestión sigue formulándose:
si realmente era macedonio y no turco, ¿por qué estaba tan
apasionadamente decidido a forjar una nación turca racialmente
pura? Lo que esto debe significar es que, lejos de estar motivado por
un nacionalismo positivo al estilo Hitler, su incentivo era un mero impulso
negativo: romper la Umma islámica supra-nacional y abolir los restos
de la Ley Islámica anti-feudal. Sus predecesores en el Tanzimat
habían introducido el capitalismo burgués; a Kemal lo que
le quedaba por hacer era imponer una nueva clase de gobernantes burocráticos.
En resumen: el perfecto estado totalitario y policial que en aquélla
época era el modelo de estado soñado por los banqueros.
Paraguay. Méjico. Argentina. El modernismo significa feudalismo
medieval acompañado de una industria dedicada a la moda. Capitalismo
usurero junto al culto de la novedad.
Hay otra pregunta imposible de eludir. Dado que el Kemalismo
es dictadura y en consecuencia enemiga de la democracia, ¿por qué
su simbología se sigue manteniendo como apoyatura de la república
moderna? A no ser, por supuesto, que la dictadura nunca haya cesado.
Otra acusación igualmente grave debería
ser que el Congreso de Erzurum, tan alabado por haber definido las fronteras
del Estado de una nación soberana, y que siempre nos ha sido presentado
como el acto que impidió el definitivo desmembramiento de Turquía,
fue de hecho un acto de rendición. El Congreso se sometió
de forma abyecta a las peticiones básicas de los aliados relacionadas
con las estratégicas y petrolíferas tierras de Arabistán,
Egipto y Siria. Y aunque lograra salvar la rabadilla de la turco-parlante
Umma Osmani, entregó los vastos territorios árabes del Islam
a su mortal enemigo: Inglaterra. De igual manera vemos que la visión
de la Umma Osmani que tenía Kemal era idéntica a la que
tenían Balfour, Curzon etc... Si la facción Kemalista hubiera
sido leal a su propio juramento de lealtad al Califa, habrían podido
unir su poder militar al deseo insistente del Sultán de lograr
una entidad islámica unificada. La verdad del caso es que Turquía
era fuerte en 1918 mientras que los Aliados estaban totalmente exhaustos
y en bancarrota por la carnicería del Frente Occidental. Las alabanzas
que Churchill dirige a Kemal en “La Crisis Mundial” lejos
de ser un tributo son, más bien, un siniestro sello de aprobación.
Halide Edib apoyaba un mandato americano. La Comisión
King-Crane había propuesto un mandato tripartito que dividía
a Turquía en Armenia, Constantinopla y Anatolia. Kemal por su parte,
estaba dispuesto a aceptar el plan americano siempre que fuera llamado
“Ayuda Americana”. Fue el Departamento de Estado y no Kemal
quien rechazó el plan de la Comisión. El colapso de los
franceses en Marash es una prueba más, por si fuera necesario,
de que los Aliados no podían afrontar una guerra con Turquía.
Pero mientras que en el Pacto Nacional se declaraba que su función
era “salvar el Sultanato, el Califato y el país”, cada
día que pasaba mostraba más claramente que su agenda era
muy diferente.
El primer parlamento Kemalista inaugurado en Ankara el
23 de abril de 1920 fue tanto un ensayo de hipocresía desvergonzada
como de una realpolitik despiadada. La proclamación oficial declaró
que el parlamento iba a empezar con la oración del Yumu’a
en la Mezquita de Hayi Bayram. “Todos los honorables diputados estarán
presentes y en el curso de la oración el adhan y el Corán
derramarán su luz sobre los Muminun”. Durante dos días
no sólo se recitaría el Corán en su totalidad sino
también toda la colección Sahih del Imam al-Bujan10, además
de peticiones al Altísimo por la liberación de la elevada
persona del Sultán-Califa de manos de los extranjeros. También
se iba a celebrar un Mawlud.
¡Todo esto procedía de un hombre que planeaba
abolir el adhan, el Corán en árabe, los Mawlud, las Tariqas,
los Ulama’ y el mismísimo Califato! ¡Qué diferente
el modo de actuar de la revolución modernista francesa, que desde
el principio declaró abiertamente su secularismo y su vocación
de regicidio! Al final, y desde el principio, en este pleito se está
a favor o en contra del Kemalismo. Kemal quería barrer el “pasado”
y revolver los fondos del Estado mundial de la Umma Osmani para vaciarlos
en el “presente”. Su política fue la de investir totalmente
al “pueblo” con el poder. En este sentido fue un hombre de
su tiempo. Era otro oficial desclasado de baja graduación que pretendía
mandar absolutamente, sin consejo ni concejo. Hitler, Mussolini, Stalin,
Franco y Kemal. El rostro del sangriento siglo XX. Su modernismo, por
suerte, ya está desfasado. Pasado de moda. Acabado. Irrecuperable.
Hoy en día ser pro-Hitler significa tener un perro alsaciano, ser
vegetariano, insultar a los judíos y pintarrajear sus infelices
tumbas con pintura. Ser estalinista es añorar los desfiles y la
vigilancia de la KGB, mantener congresos y sentirse orgulloso de Chernobil.
Ser franquista es ponerse una banda en la manga de la camisa, querer a
los curas y temer a los masones. Ser fascista es sentir nostalgia por
el “modernismo”, o incluso, si viene al caso, por el futurismo,
los trenes eléctricos y la arquitectura romana. ¿Y es que
acaso el kemalismo, como el franquismo, no ha sufrido ya un cambio de
marea que no lo haya transformado en una impotente sumisión a la
hegemonía Americana, la TV y la OTAN?
Cuando Kemal tomó el poder en 1920, 5 liras turcas
equivalían a una libra esterlina. Hoy, su legado es casi la bancarrota.
Una libra esterlina vale 100.000 liras turcas sometidas a una diaria e
inflacionaria pérdida de valor. Si tomamos las 5 liras turcas por
£1 de 1920, como medida del estado de devaluación del Califato
desarbolado por los engaños de la banca occidental, ¿qué
tendremos que pensar entonces de los setenta años de Kemalismo
—y del rostro de Kemal en su papel moneda— sino tomarlo como
signo de la más abyecta rendición a la hegemonía
bancaria kafir?
Lo que aseguró el poder de Kemal sobre la nueva
República de Turquía fue el inicuo “Tratado de Sévres”
diseñado por el enemigo. Del mismo modo que el socialismo nazi
fue resultado directo del Tratado de Versalles, también el Kemalismo
secular debe su éxito al arrogante dictado de condiciones impuestas
por los Aliados. La negociación de la independencia exigía
atender a las condiciones rusas que se oponían a las ambiciones
occidentales. El 16 de marzo de 1921 se puso de manifiesto otro aspecto
siniestro de la política carente de valores Kemalista: Kemal y
Stalin firmaron el Tratado de Moscú en el que se aseguraba una
frontera nacional en el límite oriental de la República,
que cortaba a cambio Azerbayán y los Janatos de sus conexiones
Osmaníes, allanando así el camino a los posteriores genocidios
estalinistas. No obstante y cuando las cosas estaban en su punto más
bajo, sucedió lo que jamás tenía que haber ocurrido,
y Kemal tuvo sus días de gloria haciendo retroceder a los griegos
en la Batalla de Sakarya. Sin embargo, a pesar de esa gran victoria se
firmó un tratado Franco-Turco en el que se cedían los derechos
sobre ciertos tramos del ferrocarril de Bagdad. Las nuevas victorias turcas
contra los griegos en el frente de Esmirna volvieron a mostrar el genio
militar de Kemal, pero por supuesto, le debió ser de gran ayuda
el hecho de que el comandante en jefe de los griegos, General Hajianestis,
fuese un esquizofrénico que creía que su cuerpo estaba hecho
de cristal y que sus piernas iban a quebrarse si se ponía de pie.
Era inevitable que el último conflicto tuviese lugar en Chanak,
con un Churchill tronante hecho una furia y sintiéndose culpable
por la débacle de Gallipoli; y un Curzon que, como siempre, se
mostraba cauto y diplomático. En cierto sentido la crisis de Chanak
puede interpretarse como el logro más impresionante de Kemal pues
con ella se aseguró la aceptación, por parte de los Aliados,
de dictador de la nueva república. Después de Chanak el
camino quedó despejado para la abolición de la dinastía
Osmani. Pero lo que Kemal quería destruir no era sólo la
Sultanía, sino la totalidad de la vinculación social islámica.
A la hora de valorar lo que Kemal hizo —atestar
el golpe de gracia— debemos comprender lo que ya se llevaba hecho
y en consecuencia entender todo aquéllo por lo que Kemal no debe
ser culpado.
Desde un punto de vista islámico, y en consecuencia
Osmani, el Califato se había ido corrompiendo con cada uno de los
casos en los que había existido una negación puntual de
la shani’ah. El colapso del poder fáctico implica la retirada
del poder de Allah puesto que Su esclavo ha desobedecido. El poder es
un atributo prestado. La responsabilidad del Sultán está
relacionada con la shari’ah: pesos y medidas exactos, oro y plata
con el peso correcto y prohibición de la usura. Desde principios
del siglo XIX las costumbres cristianas y judías comenzaron a infiltrarse.
El Sultán Mahmud (1808-1839) autorizó en 72 ocasiones, durante
un reinado de 31 años, la devaluación de la moneda. Como
ya hemos observado, el papel moneda (kaime) ligado al interés fue
introducido a raíz de la crisis del Tesoro de los años 1839-40.
Los instrumentos de la usura comenzaron desde entonces su trabajo destructivo.
En el periodo 1855-1875, el Derçáh-i Ali
contrajo 14 préstamos extranjeros con usura basados en bonos también
usureros; fue así como, en 1875, tuvo que declararse en bancarrota.
Es notable que el término bancarrota, que significa nota o derrota
por el banco, es el equivalente moderno del antiguo término militar:
fuga o rendición sin condiciones. El préstamo con interés
podría también definirse militarmente : asedio sobre la
ciudad que se desea tomar.
Por tanto, el imperativo categórico para este
caso consistía en que el Congreso de Diputados era algo esencial
para la hegemonía bancaria. El sólo hecho de adoptar la
forma política de administración parlamentaria significaba
de por sí, el fin del gobierno del Sultán y sus sorprendentes
patrones de consulta y responsabilidad mutua.
De modo significativo, cuando el gran genio que fue Abdalhamid
II logró el poder, sabía que su verdadera tarea era luchar
contra las instituciones de la democracia que, bajo la pretensión
de ser regidas por el pueblo, representan de hecho la obediencia a las
exigencias financieras. La supresión de la política de la
Asamblea vino acompañada por otra acción del Gran Sultán:
abandonar el espantoso Dolmabaçe y trasladarse a Yildiz que, por
su complejo de pabellones y kioscos, constituía un moderno Topkapi.
Sin embargo y por desgracia, las incursiones capitalistas del Estado habían
hinchado la burocracia muy por encima del modo no-centralista de la Osmaniyya
primordial. La destitución del Sultán Abdalhamid, que Allah
tenga misericordia de él, significó en realidad el fin del
Califato. Tras él, el soberano Osmani quedó reducido a la
condición de monarca constitucional.
Así pues, lo único que necesitó
Kemal para derrocar el Califato islámico fue destituir al gobierno
de Constantinopla. Merece la pena examinar parte del texto del documento
preparado por Kemal con ocasión de esta abolición. Dice:
“La soberanía y el Sultanato se toman por
la pujanza, por el poder y por la fuerza. Fue por la fuerza como los hijos
de Osman conquistaron la soberanía y el Sultanato de la nación
turca. Mantuvieron esa usurpación durante seis siglos. Pero ahora
la nación turca se ha rebelado, ha puesto freno a estos usurpadores
y ha hecho retornar la soberanía a sus propias manos”.
Examinemos esta parrafada henchida de retórica.
Osman no arrebató la soberanía ni el Sultanato. No se veía
a sí mismo como Sultán sino como Ghazi o guerrero que lucha
en el camino del Islam. Gobernó a la manera de su época
y sus compañeros jamás habrían sido capaces de entender
lo que Kemal decía. Tampoco Osman gobernó la nación
turca. En aquel entonces no existía tal concepto de la nación-estado,
una doctrina moderna producto de 1789. Osman no usurpó nada, y
si este fuera el caso, ¿a quién se lo usurpó? No
se puede quitar lo suyo a una población. Si se arrogaron la dignidad
del pueblo durante seis siglos quiere decir que ese pueblo era vergonzosamente
débil; difícilmente es este el caso de la poderosa Umma
Osmani. Para continuar, la nación turca no se r