‘Abdu’r-Rahman
III comenzó su largo reinado a principios del siglo décimo
en el 300 AH (912 EC):
“Uno
de los primeros actos de su administración fue mejorar la condición
de sus súbditos, suprimiendo muchos impuestos ilegales que
habían sido impuestos bajo el reinado precedente. El hecho
es narrado por Ibn Khaldun, quien nos dice que tan pronto como ‘Abdu’r-Rahman
llegó al trono, abolió todos los impuestos contrarios
al espíritu de la Sunnah o cuerpo de leyes tradicionales, e
hizo que la justicia fuera administrada de una manera justa y equitativa
al alentar la agricultura y el comercio, con lo que sentó las
bases para la prosperidad nacional”. (43)
Este
proceso no ocurrió en una sola noche, y ‘Abdu’r-Rahman
III tuvo que trabajar fuertemente para unificar una vez más
las varias facciones de Andalus:
“Al
asumir su mandato, ‘Abdu’r-Rahman encontró el país
agitado por numerosos rebeldes y ocupado con las guerras civiles y
los pleitos Inter.-tribales de sus poderosos señores. De todos
modos, él tuvo éxito en extinguir el fuego de la discordia,
calmando la rebelión y poniendo a todo Andalus bajo su autoridad.
Reinó 25 años al momento en que consiguió esto,
y continuó reinando luego 25 años más, durante
los cuales el imperio de los Bani Ummayah en Andalus alcanzó
el grado más alto de su poder y esplendor. Él fue el
primer soberano de la familia que asumió los títulos
de Califa y Amiru’l-Muminin (Comandante de los Creyentes) y
rodeó su corte con una magnificencia y esplendor que igualó,
si es que no sobrepasó, la pompa y la condición exhibidas
por los poderosos soberanos de la casa de Abbas”. (44)
La
razón por la cual ‘Abdu’r-Rahman III –a quien
se le ha denominado frecuentemente ‘An-Nasir li-dini’llah’,
‘el Socorredor del Din de Allah’- asumió estos títulos
en el 929 EC debe encontrarse en situación política general
de la Ummah musulmana en ese tiempo, que resumió An-Nawayri
de la siguiente manera:
“‘Abdu’r-Rahman
fue el primer soberano de Andalus que asumió los títulos
de Califa y Amiru’l-Muminin (Comandante de los Creyentes). Se
le instigó a que actuara así por las noticias del levantamiento
de los shiítas en Qayrawan y el que hayan proclamado Al-Mahdi
(como Califa), así como por las noticias que recibió
del dénil estado del califato bajo Al-Muqtadir el Abásida.
De modo que había no menos de tres califas en ese tiempo, Al-Muqtadir
en Iraq, Al-Mahdi en Qayrawan y An-Nasir en Córdoba”.
(45)
Aunque
la situación general en Andalus era ahora muy distinta a aquella
que había existido durante el tiempo de ‘Abdu’r-Rahman
I, ‘Abdu’r-Rahman III siguió su ejemplo al ofrecer
combate a los cristianos trinitarios del norte, y hasta el sitio de
Zaragoza en el 934 EC, cuando miles de musulmanes fueron atrapados y
asesinados mientras intentaban penetrar las siete murallas y las zanjas
que rodeaban a la ciudad, siempre conducía personalmente su ejército
al combate, a diferencia de los políticos de ahora:
“‘Abdu’r-Rahman
emprendió una incesante guerra contra los cristianos: inicialmente,
él mismo guiaba sus ejércitos al campo de batalla, pero
habiendo perdido en el 323 AH (al comienzo del 10 de diciembre del
934 EC) la batalla de Al-Khandaq (literalmente, ‘la batalla
de la Zanja’), ocasión en la cual Allah se complació
con afligir a los musulmanes con una tremenda derrota, se abstuvo
de allí en delante de comandar sus ejércitos en persona,
aunque invariablemente enviaba sus tropas cada temporada a invadir
el territorio cristiano.
De
esta manera, los musulmanes dominaron el país de los francos
mucho más allá de los más lejanos límites
alcanzados bajo el reinado de cualquiera de sus predecesores. Las
naciones cristianas del otro lado del Pirineo le extendieron la mano
en sumisión, y sus reyes le enviaron invaluables presentes
a fin de conseguir su favor. Incluso los reyes de Roma, Constantinopla
y otras zonas distantes le enviaron embajadores pidiendo la paz y
la suspensión de las hostilidades, y ofreciendo suscribir cualesquiera
condiciones que él dictara. Los reyes de Galicia, Kashtalah
(Castilla), Pamplona y otra naciones del norte fronterizas al territorio
de ‘Abdur’r-Rahman acudieron a su corte, besaron sus manos
en señal de obediencia y le solicitaron su amistad y su buena
disposición”. (46)
‘Abdu’r-Rahman
III no sólo extendió su influencia hacia el norte sino
también hacia el sur. Peleó contra los Fatimitas en el
norte de África y con el tiempo, como dice Al-Maqqari, ‘su
su autoridad fue obedecida desde Tihart hasta Sijilmasah’. En
palabras de Titus Burckhardt:
“Innegablemente,
‘Abdu’r-Rahman III aseguró a la España morisca
su período de más grande unidad y su más fino
florecimiento. Repelió a los reyes cristianos que habían
estado ganando fuerza en el norte de España, y detuvo el avance
de los Fatimitas en el Norte de África”. (47)
Una
vez que aseguró las fronteras y unificó a los musulmanes
de Andalus y más allá, ‘Abdu’r-Rahman III
giró su atención hacia la construcción, y de la
misma manera en que amplió la gran mezquita de Córdoba
aún más, inició uno de sus más ambiciosos
proyectos, la construcción de su preciado palacio, Az-Zahra:
“La
razón de que se haya construido la ciudad de Az-Zahra se cuenta
así por un cierto doctor, nativo de Córdoba: Ocurrió
que una de las concubinas de An-Nasir murió poseyendo una considerable
riqueza. El Sultán ordenó que todo el patrimonio de
ella se gastara en la redención de cautivos. Se hizo una búsqueda
en el país de los francos, pero no se pudo encontrar a ningún
musulmán cautivo, ante lo cual An-Nasir quedó muy complacido
y dio gracias a Allah por ello. Su señora Az-Zahra, a quien
él amaba apasionadamente, le dijo entonces: ‘Con ese
dinero construye una ciudad que tome ni nombre y sea mía’”.
(48)
Y
eso es lo que ‘Abdu’r-Rahman III hizo. Sin duda, como relata
Al-Maqqari, el nuevo proyecto tuvo la más alta atención:
“Más
aun, ‘Abdu’r-Rahman trabajó él mismo en
la construcción, observando su progreso y alentando a los trabajadores.
El placer que le procuraba esa ocupación era tal, que una vez
dejó de ir a la mezquita por tres viernes consecutivos, y cuando
se apareció el cuarto viernes, el austero ‘alim, Mundhir
Ibn Sa’id Al-Budutti, que era entonces el khattib (orador),
aludió a él en su sermón y en presencia de la
multitud reunida le amenazó (con el fuego del infierno), como
es bien conocido”. (49)
El
hecho de que el Imam de la gran mezquita de Córdoba pudiera reprimir
públicamente al gobernador de Andalus en frente de su pueblo
sin temor a una represalia indica que en esta etapa la sociedad musulmana
en Andalus estaba todavía relativamente sana, a pesar de la gran
riqueza y opulencia que amenaza con socavarla. An-Nuwayru da la siguiente
breve descripción de Az-Zahra:
“Az-Zahra
estaba situada a tres millas de Córdoba, en el declive de una
montaña. Estaba dividida en tres partes:
La
más cercana a la montaña estaba habitada por el califa,
que tenía allí sus palacios, campos de diversión,
etc.
En
otra parte residían los sirvientes y los eunucos de la casa
del califa, y su guardia personal, compuesta de doce mil hombres,
espléndidamente ataviados y con espadas y cinturones de oro
brillante. Un destacamento de los mismos acompañaba al califa
siempre que salía por el lugar y montaba guardia en su palacio.
En
la tercera parte había jardines y campos de recreación
que podían divisarse panorámicamente desde los palacios
de ‘Abdu’r-Rahman.
Toda
la construcción estaba abastecida plenamente con agua que se
traía de las montañas cercanas. Pero la más notable
construcción de Az-Zahra era un pabellón que daba a
los jardines. Estaba sostenido por columnas de mármol con líneas
marcadas, engastado en oro e incrustado con rubíes y perlas.
Frente al pabellón había un mar (un tanque extenso)
llenado con zabiq o mercurio, que estaba en movimiento permanente
y reflejaba los rayos del sol sobre el pabellón.
La
construcción de Az-Zahra tomó doce años, y se
emplearon doce mil trabajadores”. (50)
La
siguiente descripción hecha por Al-Maqqari, más detallada,
del famoso palacio del placer, ilustra más vívidamente
el grado de riqueza que en definitiva fue una de las principales causas
de la distracción de los musulmanes en Andalus así como
de su destrucción:
“An-Nasir
empezó la construcción del palacio y la ciudad de Az-Zahra
en el año 325 AH (936 EC), y la construcción tardó
en hacerse cuarenta años consecutivos, es decir, 25 años
de la vida de An-Nasir y quince de los de su hijo y sucesor, Al-Hakam,
pues aunque el palacio se terminó mucho antes de la muerte
de An-Nasir, se hicieron considerables ampliaciones por su hijo, y
los edificios para la recepción de la corte, las barracas para
las tropas, los jardines de recreo, los baños, las fuentes,
y demás, no estuvieron acabadas hasta los días de Al-Hakam.
Durante
el reinado de ‘Abdu’r-Rahman III seis mil bloques de piedra,
grande y pequeña, cortadas en varias formas y pulidas o alisadas,
se usaban cada día, aparte de la piedra bruta usada para pavimentar
y actividades similares. El número de bestias de carga diariamente
empleadas para transportar los materiales de construcción era
de mil cuatrocientas, algunos dicen que más, además
de cuatrocientos camellos pertenecientes al Sultán, y mil mulas
empleadas para la ocasión a un costo de tres mithqales al mes,
ascendiendo el costo total por ello a tres mil mithqales al mes. Se
usaron en la construcción mil cien cargas de cal y yeso cada
tres días. El número de columnas, grandes o pequeñas,
de soporte o de función distinta, empleadas en la construcción
ascendían a cuatro mil; otros dicen que eran trescientos dieciséis
más. Una de esas columnas vino de Roma, diecinueve vinieron
del país de los francos, ciento cuarenta fueron un presente
del emperador de Constantinopla, mil trece, la gran mayoría
de mármol coloreado de verde y rosa, se trajeron de Cartago,
Túnez, Sfax y otros lugares de África; las restantes
se extrajeron de cancerasen sus dominios andaluces, por ejemplo, el
mármol blanco de Tarragona y Almería, el mármol
con líneas marcadas, de Raya, y así por el estilo ...
Entre
las maravillas de Az-Zahra, dice Ibn Hayyan, estaban dos fuentes,
con sus palanganas, de una forma tan extraordinaria y de un valor
tan grande debido a la exquisitez de la habilidad con la que se
hicieron, que en opinión de dicho escritor eran el principal atractivo
del palacio ... Sobre todo la más pequeña parece haber
sido realmente una maravilla del arte ... Cuando se la entregaron
al califa, él ordenó que sea colocada en el dormitorio
del salón del este llamado Al-Munis, y colocó allí
doce figuras hechas de oro rojo, y adornadas con perlas y otras piedras
preciosas. Las figuras, que fueron hechas todas en el arsenal de Córdoba,
representaban varios animales; por ejemplo, uno de ellos era un león,
teniendo a un lado un antílope, y al otro, un cocodrilo. Frete
a los mismos estaban un águila, un halcón, un pavo real,
una gallina, un gallo, un milano y un buitre. Todos ellos, por lo
demás, estaban ornamentados con joyas y el agua salía
de sus bocas.
Otra
de las maravillas de Az-Zahra era el salón llamado Qasru’l-Khulafa
(el Salón de los Califas), cuyo techo estaba hecho de oro y
bloques sólidos pero transparentes de mármol de varios
colores, estando las paredes hechas de los mismos materiales. En el
centro del salón, o según algunos, en la parte superior
de la mencionada fuente –que según ellos estaba en este
salón-, estaba colocada la perla, única en su género,
que fue entregada como un presente a An-Nasir por el emperador griego
Leo, entre otros objetos valiosos. Los mosaicos que cubrían
el techo de este magnífico salón estaban hechos de oro
puro y de plata y, según Ibn Bashkuwal, había en el
centro de la habitación una amplia palangana llena de mercurio;
en cada lado de la misma habían ocho puertas fijadas con arcos
de marfil y ébano y adornadas con oro y piedras preciosas de
varios tipos, descansando sobre pilares de mármol jaspeado
y cristal transparente. Cuando el sol penetraba a través de
dichas puertas al apartamento, era tan fuerte la acción de
sus rayos sobre el techo y las paredes del salón que sólo
el reflejo era suficiente para privar de la vista a quienes lo contemplaban.
Y
cuando An-Nasir deseaba espantar a alguno de los cortesanos que
se sentaba con él, sólo tenía que dar una señal
a uno de sus Esclavonios para que ponga el mercurio en movimiento,
y en un instante la habitación entera se veía como si
estuviera por destellos de luz, y el acompañante empezaba a
temblar, pensando que la habitación se estaba moviendo, continuado
esta sensación y el temor consiguiente por todo el tiempo
que el mercurio estaba en movimiento.
La
abundancia del mercurio en España hizo que An-Nasir concibiera
la idea de emplearlo en la manera descrita; y fue tal vez el efecto
producido por dicho mineral el que llevó a que se creyera que
el salón estaba permanentemente en movimiento siguiendo el
curso del sol o, como han dicho otros, que se movía alrededor
del reservorio como sobre un pivote, y tal fui el cuidado de An-Nasir
por esta construcción que encargaría la supervisión
del mismo a nadie sino sólo a su hijo y sucesor, Al-Hakam.
De todas maneras, en una cosa todos los autores están de acuerdo,
y es que nunca se construyó un salón más esplendoroso
que éste, ni en los tiempos anteriores al Islam ni después
...
Podríamos
extendernos mucho incluso si solamente enumeráramos todas las
bellezas, artificiales y naturales, que estaban contenidas dentro
de los recintos de Az-Zahra. Los cursos que fluían, las límpidas
aguas, los lujosos jardines, los majestuosos edificios construidos
para servir de alojamiento a los guardias de la casa, los magníficos
palacios para la recepción de los altos funcionarios del Estado,
la multitud de soldados, pajes, eunucos y esclavos, de todas las naciones
y religiones, suntuosamente ataviados con vestidos de seda y brocados,
moviéndose por en medio de sus anchas calles, o la multitud
de qadis, katibs, ‘ulama y poetas caminando con gravedad por
los magníficos salones, espaciosas antesalas y amplios patios
del palacio.
El
número de los sirvientes varones en palacio ha sido estimado
en trece mil setecientos cincuenta, para quienes la asignación
diaria de carne, exclusivamente compuesta de aves y peces, alcanzaba
trece mil libras. El número de mujeres, de diversas clases,
incluyendo al harem del califa y a las encargadas de atenderlas,
se dice que alcanzaba a seis mil trescientas catorce. Los pajes esclavonios
y los eunucos eran tres mil trescientos cincuenta ...
Viajeros
de distintas tierras, hombres de todos los rangos y de todas las
profesiones de la vida, seguidores de distintas religiones, príncipes,
embajadores, mercaderes, peregrinos, teólogos y poetas, familiarizados
con edificios de este tipo, cuando lo habían inspeccionado
estaban todos de acuerdo en que nunca habían visto algo comparable
en el curso de sus viajes. Más aún, decían que
nunca habían escuchado o imaginado en todas sus vidas una construcción
como ésta, y todos los escritores andaluces dan fe de que esta
construcción era en su tiempo la principal maravilla que los
que viajaban a Andalus en esas épocas querían contemplar
...
Esto
trae naturalmente a nuestro recuerdo el gran palacio que Al-Mansur
ibn Dhu’n Nun, rey de Toledo, construyó en aquella ciudad
y en cuya construcción se dice que prodigó incontables
tesoros. No sólo empleó a los mejores artistas de su
época, sino que mandó a que llamaran a arquitectos,
geómetras y pintores de tierras distantes, les hizo realizar
los más fantásticos y maravillosos trabajos y recompensó
su trabajo con la más grande munificencia. Al lado de su palacio
hizo plantar un lujoso jardín en el que hizo un lago artificial,
y en el centro del mismo hizo construir un pabellón de vidrio
de color adornado con oro. Su arquitecto lo ideó de tal forma
que en virtud a ciertas reglas geométricas se hacía
ascender el agua del lago a la cumbre de cúpula del pabellón
y entonces, dejándola caer por ambos lados, iba a unirse a
las aguas del lago. En este cuarto podía sentarse el sultán
sin ser tocado por el agua, la que caía a su alrededor y refrescaba
el aire en la estación cálida. Algunas veces, además,
se encendían cirios de colores en el interior de la habitación,
produciéndose así un efecto admirable sobre las paredes
transparentes del pabellón ...
Un
historiador andalús ha dicho que tal era la pasión y
el gusto de An-Nasir por la construcción que además
de erigir el magnífico palacio que hemos descrito, y las considerables
ampliaciones que se hicieron a la gran mezquita, durante su reinado
emprendió y completó diversas obras públicas
para la mejora y el ornato de su capital. Entre ellas, estaba un magnífico
acueducto, que transportaba muy buena agua desde las montañas
de Córdoba al palacio de An-Na’urah (la rueda hidráulica)
en la zona occidental de la ciudad, a través de conductos geométricamente
dispuestos sobre arcos conectados unos con otros. Las aguas traídas
de esta manera, en un orden admirable y en virtud de una ciencia extraordinaria,
se descargaban entonces en un vasto reservorio, en el cual había
un león colosal de una confección maravillosa y tan
bien representado que bastaba verlo para entrara el temor en el corazón
de los observadores, y como ninguno de los que habían sido
hechos por los sultanes anteriores podía parecérsele
ni en la semejanza de la forma ni en la magnificencia.
Estaba
recubierto del más puro oro y sus ojos eran dos joyas de inestimable
valor, que proyectaban torrentes de luz. Las aguas del acueducto ingresaban
a por la parte trasera de este monstruo, y luego se vertían
al exterior desde su boca hacia la palangana mencionada, lo cual,
unido a la belleza del animal, a su aspecto terrible e intimidante,
a los dos ojos que se proyectaban como si fueran ojos humanos, nunca
dejaba de producir las más extraordinarias impresiones en
las mentes de quienes lo contemplaban por vez primera.
Luego
de abastecer al palacio e irrigar con profusión cada esquina
de sus jardines, a pesar del gran tamaño de los mismos, la
abundante agua iba a engrosar el Guadalquivir. Cada autor que hemos
consultado al respecto está de acuerdo en que este acueducto,
con el reservorio, y la figura que vertía el agua en el reservorio,
deben ser consideradas como una de las construcciones más impresionantes
hechas por el hombre, pues si prestamos atención a su tamaño,
a la naturaleza adversa del terreno en el que conducía el agua,
la altura de los muelles por sobre los cuales se hacía correr
el agua, algunas veces ascendiendo, otras descendiendo, escasamente
podremos encontrar en las obras de los reyes de la antigüedad
que nos hayan llegado hasta ahora algo que pueda ser comparable ...
”(51)
El
hecho de que el califa haya aprobado la realización de tales
imágenes es otra muestra pequeña pero significativa de
que aun cuando la práctica del Islam en Andalus había
sido establecida de acuerdo con el Muwatta’ del Imam Malik, su
contenido no estaba siendo ya del todo aplicado, pues está claramente
registrado en dicho libro (54.3) que el Profeta Muhammad, que la bendición
y la paz de Allah sean con él, dijo que aquellos que hacían
esas imágenes, sin importar cuán exquisita pudiera ser
la forma de las mismas, serían castigados el Día del Levantamiento,
en el que se les dirá, ‘Dénle vida a aquello que
han creado’ mas no serán capaces de hacerlo, y dijo también
que los ángeles no entran a una casa que contiene figuras o imágenes.
Es
igualmente claro, de todos modos, que ‘Abdu’r-Rahman III
no le dio la espalda al din del Islam, y que era un hombre sincero que
buscaba establecer el din en toda su gloria, no sólo en su propio
reino sino también más allá, como lo deja ver esta
anécdota relatada por Titus Burckhardt:
“Muhyi’d-Din
Ibn ‘Arabi nos dice cómo “una misión de
cristianos españoles vino del norte a negociar con el califa.
El califa deseaba inspirarles espanto al mostrarles el esplendor de
su reino. Para este efecto, puso en línea en el camino que
llevaba de las puertas Córdoba a las puertas de Madinat’az-Zahra
a una distancia de un pasarange (aproximadamente 12 millas) una doble
fila de soldados a cada lado que sostenían en alto sus espadas
desnudas, anchas y largas a la vez, cuyas puntas se tocaban formando
un techado.
A
la orden del gobernante, los embajadores fueron conducidos en medio
de esta doble fila de soldados como a través de un camino cubierto.
El terror inducido por este despliegue es indescriptible. De esta
manera llegaron a las puertas de Madinat’az-Zahra.
El
Califa hizo que el terreno desde las puertas de esta ciudad hasta
toda la extensión donde la recepción por parte del gobernante
iba a tener lugar estuviera cubierta con un brocado. A ciertos intervalos
a lo largo del camino habían dignatarios sentados que habrían
podido tomarse erróneamente por reyes, pues se sentaban en
espléndidas sillas y estaban vestidos con sedas y brocados.
Cada vez que los embajadores veían a uno de estos dignatarios,
caían en el piso ante él, tomándolo por el califa.
Entonces se les decía ‘¡Levanten sus cabezas! Éste
no es sino un siervo de sus siervos’.
Finalmente
llegaron a un patio, cuyo suelo estaba regado con arena. En el
centro estaba el califa. Su vestimenta era tosca y escasa. Todo
lo que llevaba a sobre él no valía más de cuatro dirhams. Se
sentó en el suelo, con su cabeza doblada hacia delante. Tras
él había una copia del Qur’an, una espada y un
fuego encendido.
‘Éste
es el gobernante’, se le dijo a los embajadores, quienes se
lanzaron al suelo. Él levantó su cabeza en dirección
a ellos, e incluso antes de que fueran capaces de pronunciar sonido
alguno, les dijo: ‘’Dios nos ha ordenado, Oh vosotros,
llamarlos a que se sometan a esto’. Y con estas palabras, les
mostró el Qur’an. ‘Si se niegan, les obligaremos
con esto’, e indicó la espada, ‘y si los matamos,
irán allí’, y señaló el fuego.
Los
embajadores se sobrecogieron de terror. A la orden del califa,
se les retiró de allí antes de que pudieran decir palabra.
A continuación, firmaron el tratado de paz conteniendo enteramente
todas las condiciones que el gobernante había impuesto”.
De
este hecho no debemos concluir que ‘Abdu’r-Rahman oprimió
a los cristianos en su territorio y les hizo convertirse al Islam
por la fuerza. La manera descrita aquí estaba reservada para
los cristianos hostiles que estaban peleando contra el Islam. Los
cristianos que vivían bajo su protección gozaban de
los privilegios de los huéspedes”. (52)
De
la afirmación de Al-Maqqari sobre ‘Abdu’r-Rahman
III es claro que a pesar del tremendo poder en sus manos, no era
un tirano, sino al contrario un hombre gentil, valiente y conocedor:
“‘Abdu’r-Rahman
ha sido descrito por los historiadores de la época como el
soberano más dulce y el más ilustrado que jamás
haya gobernado un país. Su mansedumbre, su generosidad y su
amor por la justicia devinieron en proverbiales: ninguno de sus antecesores
le sobrepasó jamás en coraje en el campo, celo por el
din, y otras virtudes que forman a un gobernante capaz y querido.
Le gustaba la ciencia y ser el patrón de los notables en el
conocimiento, con quienes amaba conversar, pasando esas que le robaba
a las arduas labores de la administración en encuentros literarios,
en los que se admitía a todos los poetas eminentes y eruditos
de su corte”. (53)
Es
difícil, sin embargo, no recordar y hacer una comparación
con el siguiente hecho, que ha sido relatado por ‘Umar ibn al-Khattab,
y que pasó en Madina al-Munawarra en el tiempo del Profeta Muhammad,
que la bendición y la paz de Allah sean con él, con su
familia, sus compañeros y con todos los que le sigan con sinceridad
en lo que puedan hasta el Último Día:
“Visité
al Mensajero de Allah, que la bendición y la paz de Allah sean
con él, y estaba recostado sobre una estera. Me senté
y se levantó la prenda de vestir inferior por encima suyo.
No tenía nada más, y la estera le había dejado
huellas en sus costados. Miré alrededor a ver cuántas
provisiones tenía el Mensajero de Allah, y sólo vi un
puñado de cebada equivalente a un sa’ y una cantidad
igual de hojas de mimosa en la esquina de la habitación y una
bolsa de cuero curtido colgando por allí cerca, y entonces
me puse a llorar.
Él
dijo: ‘Ibn al-Khattab, ¿qué te hace llorar?’
Respondí:
‘Oh Mensajero de Allah, ¿cómo podría no
llorar? Esta estera ha dejado marcas en tus costados y sólo
puedo ver de tus provisiones lo que he visto. César y Corroes
están conduciendo sus vidas en la abundancia, mientras que
tú eres el Mensajero de Allah, el Elegido, y mira lo que tienes’.
‘Ibn
al-Khattab’, respondió, ‘¿no es suficiente
para ti que para nosotros esté el otro mundo , y para ellos
éste?’
Dije ‘Así es’” (54)
Si ‘Abdu’r-Rahman III hubiera de tener un epitafio cuyo propósito
sea instruir a aquellos que están con vida, tal vez habría
bastado el siguiente pasaje, tomado de la historia de Al-Maqqari:
“Se
dice que luego de la muerte de ‘Abdu’r-Rahman se encontró
un escrito de su propio puño y letra en el que estaban cuidadosamente
anotados aquellos días que vivió en felicidad y sin
ninguna causa de preocupación, y al contarlos se vio que sumaban
sólo catorce. ¡Oh hombre de entendimiento, fíjate
y observa la pequeña porción de verdadera felicidad
que depara el mundo, aun en la más envidiable posición!
El Califa An-Nasir, cuya prosperidad en los asuntos mundanos y su
amplio imperio fueron proverbiales sólo tuvo catorce días
de felicidad no perturbada durante un reinado de cincuenta años,
siete meses y tres días.
¡Las
Alabanzas sean a Él, el Señor de la gloria eterna y
del eterno imperio! ¡No hay dios sino Él, el Poderoso,
el Dador de imperio a quien a Él le place!” (55)
Es
interesante notar, de pasada, que durante el reinado de ‘Abdu’r-Rahman
III, alrededor del 960, su ministro de extranjería, un judío
sefardita, Hasdai ibn Shaprut, mantenía correspondencia con los
judíos jázaros del Cáucaso, una tribu turca que
habitaba las tierras entre los mares Negro y Caspio, y que hubo abrazado
el judaísmo por razones de conveniencia política hacía
unos dos siglos y medio atrás, casi exactamente al mismo tiempo
en que los musulmanes llegaban a Andalus.
Hasdai
ibn Shaprut deseaba establecer si es que los jázaros, o ashkenazi,
eran judíos que descendían de alguna de las diez tribus
‘perdidas’ de Israel, que luego de que el antiguo reinado
de Salomón se hubo dividido en dos, fueron rechazadas y repudiadas
por las otras dos tribus de Israel, los de la tribu de Judá y
los de la tribu de Leví, y habían posteriormente ‘desaparecido’
de la historia judía luego de haber sido o bien aniquilados o
bien llevados como cautivos a Nínive por los asirios en el 722
AC:
“El
rey José afirmó categóricamente en su respuesta
que no había tal conexión en modo alguno. Al proveer
la genealogía de su gente, el rey Joseph, como escribe Arthur
Koestler en su libro La Treceava Tribu, “no puede y de hecho
no reclama una ascendencia semítica; traza sus ancestros no
hasta Shem (Sem), sino hasta el tercer hijo de Noah (Noé),
Jafeth, o más precisamente al nieto de Jafeth, Togarma, el
ancestro de las tribus turcas” (56)
La
respuesta del rey José es muy significativa, no sólo porque
confirma de manera conclusiva que los judíos jázaros,
o Ashkenazi, no eran ‘semitas’ (pues todos los semitas descienden
de Shem hijo de Noah), sino también porque el tío de Togarma,
según el Génesis 10:2-3, era Magog, mientras que Ashkenaz
era el hijo de Gomer, hijo de Jafeth. En otras palabras:
“Por
ende es claro que los judíos Khazar no son descendientes de
ninguna de las doce tribus originales de Israel, sino que están
más bien directamente relacionados con la gente de Gog y Magog”.
(57)
Respecto
a lo cual hay numerosas profecías, tanto en la Biblia como en
el Qur’an y en el hadith, cuya consideración, aunque sea
extremadamente interesante, está más allá del propósito
de este libro.