El
cuerpo político de los musulmanes se dividía una y otra vez.
En los quince años que siguieron a la muerte de Al-Mansur todo
el Andalus se había dividido en numerosos pequeños reinos,
cada uno con su propio gobernante. Luchaban unos contra otros continuamente,
a menudo recurriendo a la ayuda de los cristianos, quienes por supuesto
lo hacían encantados:
“...
porque, mientras reunían sus fuerzas e invitaban a gentes de
tierras lejanas a participar en el ataque, los gobernantes musulmanes
del Andalus veían con absoluta despreocupación y hasta
quizás con un oculto regocijo, los dominios de sus vecinos
y rivales expuestos a la devastación de los cristianos”.
(67)
En
palabras de Ibn Sa’id, que si bien describen la situación de los
musulmanes en Andalus en el siglo once, son aplicables igualmente a
la situación de los musulmanes como un todo en el mundo en el
siglo veinte:
“De
esta manera, separados unos de otros, los musulmanes empezaron a considerarse
como miembros de diferentes naciones, y les fue cada día más
difícil unirse en la causa común, y debido a sus divisiones,
y a su mutua enemistad, así como debido al sórdido interés
y extravagante ambición de algunos de sus reyes, los cristianos
fueron capaces de atacarlos minuciosamente, y subyugarlos uno tras
otro”. (68)
Esos
reinos, o taifas como vinieron a ser llamados, los cuales bordeaban
directamente con los territorios ocupados por los cristianos trinitarios
en el norte de la península Ibérica, habiendo perdido su unidad, fueron
obligados a pagar a los cristianos un tributo anual para retener su
‘independencia’. Para poder pagar estos tributos y al mismo
tiempo mantener el nivel de riqueza en sus cortes, los gobernantes de
estos penosos reinos impusieron pesados impuestos a la población
bajo su control. Estos impuestos excedían largamente los límites
de la tributación definida por la ley islámica.
Aquellos
que lucharon para mantener y restaurar la práctica del Islam
en todos sus aspectos, se encontraron luchando no solo contra los cristianos
trinitarios, si no también contra los así llamados musulmanes.
Era un esfuerzo sin esperanza. Se encontraron atrapados en un proceso
de colapso y decadencia que no podía ser detenido. Mientras los
musulmanes de Andalus permanecieron unidos en su práctica del
Islam, continuaron expandiéndose. Tan pronto como empezaron a
abandonar el din del Islam y a dividirse, su número empezó
a disminuir y fue posible para los cristianos comenzar la toma del país.
Más
aún, como consecuencia de la desafortunada división entre
el este y el oeste que había ocurrido dentro de la Ummah del
Islam, ninguna ayuda de los musulmanes llegó. Esta desunión
en la Ummah fue uno de los factores fundamentales que contribuyó
a la posterior eliminación del Islam de Andalus, pues ésta
fue una debilidad de la que los cristianos trinitarios tomaron total
ventaja. Una vez que los Musulmanes de Andalus estuvieron divididos,
los ejércitos de la iglesia trinitaria ganaron pie en el país,
y ayudados por los cristianos que vivían en los dominios musulmanes,
que habían crecido en número y habían florecido
bajo la tolerancia del gobierno musulmán, su toma del país
continuó creciendo:
“En
prosecución de sus planes, el rey cristiano nunca cesó
desde ese momento de hacer incursiones en el país de los musulmanes,
a los cuales generalmente encontraba en estado de disensión
y discordia interna, y trabajando rápidamente en su propia
ruina y destrucción.
De
hecho, no solamente los diferentes señores independientes en ese tiempo
mantenían incesantes guerras entre ellos, sino que además
se servían con no poca frecuencia de las armas de los cristianos
para atacar y destruir a sus propios compatriotas y hermanos de religión,
prodigando a Alfonso costosos regalos, y dándole tantos tesoros
como elegía tener, a fin de conciliar sus buenos deseos, y
obtener seguridad para si mismos y ayuda contra sus enemigos.
Los
cristianos, percibiendo el estado de corrupción en el que los musulmanes
habían caído, se regocijaron extremadamente; ya que,
para aquel entonces, muy pocos hombres virtuosos y de principios podían
hallarse entre los musulmanes, pues la generalidad de ellos empezaron
a beber vino y a cometer toda clase de excesos. Los gobernantes de
Andalus no pensaban más que en comprar mujeres cantantes y
esclavos, escuchando música y pasando su tiempo en disfrutes
y alegrías, gastando los tesoros del estado en su disipación
y en frívolos pasatiempos, y oprimiendo a sus súbditos
con todo tipo de impuestos y exacciones, a fin de que pudieran enviar
costosos presentes a Alfonso, e inducirle a servir sus ambiciosos
proyectos.
Las
cosas continuaron de esta manera entre los jefes rebeldes de Andalus
hasta que la debilidad se apoderó de los conquistadores tanto como
de los conquistados, y la bajeza y el vicio atacó del mismo
modo a los agresores y a los agredidos. Generales y capitanes nunca
más mostraron su habitual valor; los guerreros se volvieron
cobardes y viles; la gente del país estaba en la mayor de miseria
y pobreza, toda la sociedad estaba corrompida, y el cuerpo del Islam,
privado tanto de vida como de alma, se convirtió en un simple
cadáver.
Aquellos
de entre los gobernantes musulmanes que no se sometieron a Alfonso,
consintieron en pagarle un tributo anual, ¡convirtiéndose
de esta manera en recaudadores en sus propios dominios de los ingresos
del monarca cristiano!. Mientras duró este estado de cosas,
nadie se atrevió a oponerse a sus deseos o a desobedecer sus
órdenes.
Mientras
tanto, los asuntos de los musulmanes fueron administrados por los
judíos, que se alimentaron de ellos como el león respecto
a un animal indefenso, y que incluso llenaron las oficinas de Wizir,
Hajib, y Katib, reservadas antiguamente para los individuos más
ilustres del estado: los cristianos iban cada año a Andalus,
saqueando y haciendo cautivos, quemando pueblos y devastando el país
entero”. (69)
Como
en el caso de Teodorico, el rey de los ostrogodos, las atrocidades
cometidas por el ejército trinitario cristiano en su avance empujaron a
los musulmanes a tomar venganza en la persona de los cristianos dentro
de sus reinos. Esto sólo debilitó sus posiciones en el
terreno e incrementó la determinación de los cristianos
trinitarios de conquistarlos. Represalias trajeron represalias. La intolerancia
engendró intolerancia. La venganza estimuló más
venganza.
Comenzando
con las Cruzadas Borgoñas de 1017, precursoras de las más
notorias cruzadas hacia el Este, los trinitarios cristianos empezaron
a hacer incursiones significativas en Andalus. La toma de Barbastro
en 1064, en la que miles de musulmanes fueron masacrados inmediatamente
se hubo levantado un largo asedio al haber ambas partes firmado un tratado
de paz para ese levantamiento, sentó un cruel precedente para
la reconquista de Andalus por los cristianos trinitarios, ecos de lo
cual se pueden encontrar en la más reciente ‘limpieza étnica’ de
los musulmanes de la bosnia musulmana por parte de los trinitarios
serbios:
“Era
una costumbre cristiana invariable, que cuando tomaban una ciudad
por la fuerza de las armas, violaban a las hijas en presencia de los
padres, y a las esposas a los ojos de sus maridos y sus familias.
Pero en la toma de Barbastro los excesos de este tipo cometidos por
ellos excedieron toda lo creíble. Nunca antes los musulmanes
habían experimentado nada como aquello. En síntesis,
tales fueron los crímenes y excesos cometidos por los cristianos
en esta ocasión que no hay pluma lo bastante elocuente como
para describirlo”. (70)
Bajo
el liderazgo de Alfonso VI, cayeron ciudad tras ciudad en las manos
de los cristianos trinitarios, y para el 1072 el era el gobernante
de León, Castilla
y Portugal. Sus actividades culminaron en la captura de Toledo después
de siete años de asedio:
“…
pues, encontrando su propio poder incrementado por la extinción
del Califato, y percibiendo la debilidad y el estado desamparado al
que los musulmanes habían sido reducidos por sus propias acciones
erróneas, recorrió y saqueó el país entero,
y así presionó a Al-Qadir obligándole a rendir
su capital, Toledo, en el año 478 AH (1085 EC), con la condición
de que debía ayudarle a conseguir la posesión de Valencia,
lo cual hizo. ¡No hay poder ni fuerza sino en Allah, el Grande!
¡El Inmenso!” (71)
Después
de la capitulación de Toledo, Alfonso VI se proclamó a
si mismo ‘Emperador de toda España’, y en muy corto
espacio de tiempo estaba exigiendo tributos anuales a prácticamente
todos los penosos reinos musulmanes o taifas, como eran llamados.
Toledo,
la antigua capital de los Visigodos, se convirtió entonces en gran
centro de enseñanza, en el cual muchas obras filosóficas,
que habían sido re-descubiertas o escritas en la España
musulmana, fueron traducidas al latín y a otras lenguas europeas
filtrándose así al resto de Europa. Estas obras estaban
basadas mayoritariamente en los filósofos griegos, especialmente
Platón y Aristóteles. A causa de esto, el ultimo siglo
especialmente ha visto una ofensiva concertada por los ‘eruditos’
cristianos para desacreditar Islam tratando de ‘probar’
que el Islam deriva de las enseñanzas de los antiguos filósofos
griegos, y que, por lo tanto, se puede prescindir de ello, ya que de
ello se sigue lógicamente que, si eso fuera cierto, no tendría
ninguna fuente primaria en si misma.
Sin
embargo, el Qur’an, por cierto, ha sobrevivido hasta la actualidad, sin
estar contaminado por la interferencia humana, y sabemos demasiado acerca
del Profeta Muhammad, que la bendición y la paz de Allah sean
con él, incluyendo el hecho de que no podía ni leer ni
escribir ni estudió con ningún maestro, como para que
sus argumentos sean finalmente convincentes. La verdad es que los musulmanes,
basándose firmemente en el Qur’an, dieron nueva vida a
la tradición filosófica, cuyos efectos son visibles hasta
el día de hoy.
Como
ya hemos visto, Al-Qadir había consentido en rendir Toledo a Alfonso VI
con la condición de que aquello le ayudaría a conseguir
el control de Valencia. El rey cristiano mantuvo su promesa, y Al-Qadir
asumió con mucho gusto el indolente gobierno de la ciudad:
“…cuyos
habitantes no estaban entonces entrenados para la guerra, y tan poco
acostumbrados a la dura vida de un campamento como al manejo de la
lanza y la espada. Estaban, por el contrario, inmersos en el placer
y la pereza, y no pensaban en nada más que en comer y beber”.
(72)
Al-Qadir
retuvo su posición como gobernante de Valencia pagando un tributo
anual al notorio Cid, que estaba ocupado estableciendo el control cristiano
en el este de Andalus mientras Alfonso VI se concentraba en el centro
y el oeste del país.
El
pequeño
reino del Cid en el este de Andalus se había desarrollado en
su mayor parte como resultado del exilio del Cid por Alfonso VI. Empezó
su exilio actuando como mercenario alquilando sus servicios a algún
gobernante musulmán que deseaba conquistar a otro. Los resultados
de sus actividades por lo tanto ayudaron a dividir a los musulmanes
de Andalus. Con todo, siempre mantuvo su palabra, y no se perdió
en placeres sensuales. A este respecto fue más justo que los
tiranos a los que ayudaba a derrocar o de los que exigía tributo.
De esta manera disfrutaba del respeto envidioso de muchos de los musulmanes
que estaban sufriendo bajo sus propios líderes tiranos.
Está
claro, sin embargo, que El Cid estaba preparado sólo para administrar
justicia mientras permaneció en el poder. Cuando, al final del
siglo once, un nuevo aliento del Islam barrió Andalus desde el
norte de África con la llegada de los musulmanes conocidos como
los Almorávides, o Al-Murabitun, trató muy duramente a
todos aquellos que respondieron a este nuevo despertar. La llegada de
los Murabitun no solo unió al Cid con Alfonso VI una vez más,
sino que también descubrió la verdadera naturaleza de
su actividad, la cual, una vez desposeída de su glamour, implicaba
la eliminación del din del Islam, y la institución, en
su lugar, de la religión del catolicismo romano. Sin duda, fue
el éxito de los cristianos trinitarios en esta empresa, su proyecto
principal, lo que hizo que los musulmanes de Andalus se uniesen una
vez más, y buscaran la ayuda de sus hermanos musulmanes al otro
lado del Estrecho de Gibraltar, en el norte de África.